Major Tom

by Jorge Barahona

Capissimo

De niño mi Padre me regaló un disco de 45 RPM de David Bowie, por un lado venía “Space Oddity” y al reverso “The man who sold the world”.

Era un disco amarillo con letras negras que recuerdo verlo girar y girar en mi Capissimo por tardes enteras. Fui criado escuchando a The Beatles, Intillimani, Mussorgsky y Víctor Jara pero Bowie fue un regalo difícil, acá había música nueva y fresca, pero yo no lo sabía.

Nadie escuchaba a Bowie en mi barrio de Lautaro Rosas. Los chicos de mi edad no escuchaban música -curioso no?- de manera que tenía que compartir mi colección de discos con los “lolos” más grandes que pasaban por la puerta de mi casa camino a la cancha del New Crusaders donde casi todos jugábamos basket.

Eran tiempos raros y bellos, simples chicos de cerro que soñamos con cohetes, aviones “a chorro”; hijos de la Nasa, de alunizajes y aventuras espaciales de sábado viendo “Perdidos en el espacio”. Todo giraba entre seres alienígenas, UFO y el Apollo 11.

La música de Bowie era contradictoria pero hermosa, extraña y triste. La historia de un hombre enamorado que no volverá a la tierra no encajaba con la épica de Amstrong ni las preguntas de Hall. No, el Major Tom quedaba dando vueltas al rededor de un planeta que se ve hermoso y azul desde el cielo.

Hay una épica en la letra de Bowie pero básicamente una historia de amor imposible. Recuerdo haber tratado de “sacarla” en guitarra, algo hice y la podía tararear en el nefasto inglés que aprendimos todos los niños que íbamos a escuelas públicas en los setenta. Algo hacíamos para intentar ser Bowie, pero era Ziggy Stardust, un personaje más extraño aún entre tanto rayado de la Ramona Parra y las canciones del Quila.

Eramos una especie extraña que lo admiraba en octavo (básico), de esos que después seguimos con Led Zeppelin, Emerson, Like & Palmer, Kiss, King Crimson y que nunca paramos de deleitarnos con el rock & roll tal y como Luca decía “Yo soy Carlos Kreimer, En Martinez vivo, Me gusta el rugby, Y el Rock and Roll…”

Eramos tan felices escuchando letras que no entendíamos; psicodélicas y curiosas, tan cerca en tiempos tristes y violentos. Crecimos escuchando a Bowie casi sin saber cómo su música cambiaba como -con- nosotros.

Gracias Bowie.